Lo recordaré siempre. Un 13 de mayo de 2012. Aquel al que considero uno de los amores de mi vida me citó en la capital un domingo a las 20:00 de la tarde. Tenía que coger un tren y asumir, dormiría una noche al raso ya que no tuve tiempo ni de reservar un triste hostal para esperar a que mi tren de vuelta me devolviera a mi casa.
Calor y calor, y yo dando vueltas por Madrid esperando a que llegara la hora. Hay que reconocer que sentía un cosquilleo raro en mi estómago. No eran simplemente nervios, los tenía, me recorría un nosequé que me transmitía ilusión. Esa mañana todo me parecía más bonito, la gente más sonriente, las calles más alegres, el cielo más azul... vaya, lo que se supone sientes cuando estás enamorado.
En aquel momento no sabía que me depararía mi amor. Quizá esa noche llorase de alegría, o quizá no, y me viera sentado en la estación con la cara de una persona engañada que se ve destrozada, pero sigue amando. Aguardé el momento como pude, sabía que esto del amor era un arma de doble filo, que todo lo que te puede dar en un momento, de golpe te lo puede arrebatar para dejarte con nada y menos.
Llegué al lugar donde habíamos quedado y os prometo, jamás estuve más nervioso. Sentía que ése era mi momento, pero no podía hacer nada más, hice todo lo posible, coño... que me levanté a las 4 y media de la mañana por estar en ese lugar, en esa ciudad, a esa hora.
A partir de ahí, todo lo que vino después me hizo sufrir, y cuando lo daba todo por perdido y me veía volviendo a casa con esa cara de tonto que os comentaba, pasó lo que tanto tiempo soñaba mi cabeza... y no os engaño, lloré, como un imbécil, el imbécil más feliz del mundo. Ahí lo entendía, lo mío era amor, amor verdadero.
Si lo véis así parece una historia de amor bastante bonita en la que voy a Madrid para ver a esa chica a la que tanto amaba y que parecía, no me correspondía. Esta chica me correspondió en el último momento. Para ser sincero con vosotros, no hablo de una chica, tampoco de un chico. Hablo de algo más, que supera a las personas, es un sentimiento, una bandera, una pasión... es mi amor.
No fui a ver a ninguna persona, llegué a Madrid para ver como el amor de mi vida, mi Rayo Vallecano, se jugaba su vida. Si perdía descendía, y desaparecería, si ganaba, la gloria, la permanencia. Esa noche conocí el amor de verdad, aquel que te obliga a hacer locuras. Será maravilloso vivirlo así con una persona, espero que sea eterno, como lo que siento por mis colores, mi franja roja no va solo en mi camiseta, va en mi corazón.
El fútbol es más humano de lo que pensamos, y el amor no es sólo para las personas como siempre creemos, el amor se siente.
Cada vez que lo veo, no puedo evitar que caiga una lagrimilla. Parece una tontería, pero me emociona casi tanto como aquella tarde noche en la que tan feliz fui. La felicidad se encuentra en muchas cosas de la vida, y esta es una de ellas.
Jajaja por un momento he creído que hablabas de una chica y me ha intrigado jaj. Buen texto Daniel, a ver cuando sacan la película.
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