miércoles, 29 de mayo de 2013

Las palabras duelen


Muchas veces creemos que nuestras palabras no hacen daño, que son solo letras que unimos en nuestra cabeza y que lanzan nuestra garganta. Esto es mentira, una mala palabra puede doler más que cualquier puñetazo, pero parece que no nos queramos enterar. Quizá cuando crecemos entendemos que hay que tener más empatía con las personas, que no obtenemos nada haciendo daño por mucho daño que nos hayan provocado a nosotros. El problema sin embargo es muy grave cuando somos niños, ¿hasta dónde llegan a doler las palabras cuando vives la edad de las inseguridades y los miedos?

Esto lo he vivido, y lo viví en el lado del malo. Las burlas y los insultos los recibía cualquier otra persona. Una persona que en el fondo no tenía culpa de ser así, de ser diferente, simplemente no era como el resto, y como suele pasar, el resto terminó por absorberla. Presión e insultos,  no te hará falta ni levantar la mano, esa persona se verá hundida en una miseria que cuatro gilipollas le han provocado. Lo veo ahora y me siento avergonzado de lo que en su día llegué a hacer por “diversión”. Cuando leo a gente que ha sufrido estos actos siento por dentro como me muero del asco, ves a gente que ha padecido risas y burlas por querer ser ellos mismos y piensas que hasta qué punto tienes tú la culpa de que ellos no hayan sido felices.

No quiero personalizar pero, ¿Os habéis dado cuenta de lo que pueden doler un par de palabras? Cualquier defecto físico puede ser descrito de la manera más burra y cruel que puedas imaginar, cualquier pensamiento diferente puede ser castigado con el mismo método… las palabras son palabras, pero si las disparas se convierten en balas, con malas intenciones. En este caso esto es denominado como maltrato psicológico, pero no te paras a pensar lo que haces.

No sé tan siquiera como escribir esto sin que se me caiga la cara de vergüenza, antes ni pensaba que podía hacer daño a alguien, y si lo pensaba me seguía acostando con la conciencia tranquila. Hoy, cada vez que veo o me entero de un caso de acoso, por leve que sea, se me cae el alma a los pies. ¿Qué hacemos mal para que un niño se vea con derecho de ridiculizar a otro por no ser como él? ¿En qué momento se permite que un imbécil tenga derecho a reírse de otra persona? Nadie es más que nadie, deberíamos aprenderlo nosotros para que los niños, las personas más manipulables de este mundo, jamás se vean afectados por esta clase de gentuza, que puedan ser ellos mismos sin miedo a presiones ni insultos.

No vamos a cambiar el mundo, puede que ni tan siquiera a nosotros mismos pero, ¿Qué pasaría si todo el mundo fuera de libre de ser como quiera ser sin que nadie se ría de él? ¿Si cada uno pudiera vivir su vida con total libertad? Aprendamos a respetar nosotros para que en un futuro, evitemos problemas, problemas que en su día yo generé. No permitamos que nadie más pierda su sonrisa por cuatro palabras, no confundamos una riña de niños con algo más serio. Esto puede empezar como un juego, pero acaba destrozando a demasiadas personas, personas inocentes.

Quisiera pedir perdón por mi parte y por la de tantos otros que sentirán lo mismo que yo, pero es algo inútil. El perdón es otra palabra más, pero de nada vale si no se siente. Yo sigo siendo la misma persona que se reía de otros, me arrepiento, pero duermo igual, no creo que mi perdón sea todo lo sincero que debe ser. Ahorrémonos la hipocresía, seamos sinceros, tengamos respeto, dejemos ser feliz al resto.

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