El mejor jueves de mi vida tan siquiera ha terminado, normalmente terminan cuando se encienden las luces en la discoteca cutre de turno e intentas llegar al piso de algún amigo con más alma que cuerpo, "morenaaaa no te escapes", le dices a alguna, pero pfff... No, no no no. En este caso Danilo ha dejado paso al Daniel más hogareño, que tras terminar de trabajar se ha puesto el traje de manitas del hogar, ese que tú siempre has tenido en casa y que te dice "eso lo arreglo yo".
En este hogar hay una falta total de ese personaje clásico español, aquí desde el rol de madre hasta el de hijo imbécil son cosa mía. El objetivo esta vez no era la amiga simpática a la que llevas tramitando desde hace unas semanas, no no, es EL FREGADERO. Algún listo que lea esto ya estará diciendo, "cómprate un lavavajillas", eso eso, dilo bien agusto, pues no gilipollas, aquí todo se hace con las manos. El problema no es tener novio o no ser suficiente hombre yo, esta vez no, esta vez el problema pinta complicado de verdad.
Sin ser yo fontanero decidí aventurarme con mis mejores galas, el pijama y ese bote que previamente compré la tarde anterior con un amigo en el Simply. "Este, este sí que funciona" te dijo él, "Es el más caro, no puede fallar", pensaba yo tan contento... y un cagarro. Ahí estaba yo, cara a cara contra la muerte, sin importar quién de los dos llegase con vida al final del trayecto en el que ambos, fregadero y yo, nos habíamos adentrado. El bote ya avisaba del peligro, "vierta medio litro".... "Si hombre, no será, aquí el bote entero".
Un litro de un producto "Turbo que actúa en cinco minutos" por el fregadero, sin tener muy buena pinta la verdad. Tras dejarlo actuar sus correspondientes cinco minutos, y otros treinta extras por si acaso no le daba tiempo, me decidí tan aventurero a dar al grifo no sin antes leer las pertinentes instrucciones, de las cuales no entendí nada, ya total...
Qué bien pintaba todo al darle al grifo y ver que eso tragaba más que tu mejor amiga por Italia (Jáaaaaaaaaaa), pero... pero no muchacho. De repente una espumita rara empezó a salir del fregadero, "Eso será el producto hombre, no pasa nada", por supuesto que no, pensé yo, ingeniero en tuberías y atascos.
En resumen, el fregadero sigue haciendo ruidos raros, van a dar las dos y yo sigo mirándolo fijamente, un cara a cara entre la vida y la muerte en lo que espero a madrugar mañana para avisar al fontanero y a mi médico, uno para que me arregle la bajante y el otro para que me revise la brutal y salvaje puñalada que el primero me meterá en la llamada factura, tiembla España y no con el Ebola.
Diego Armando, ayúdame.
Como empecé comparándome con El Diego, diré que él nunca lo hizo todo bien. Tampoco lo iba a hacer yo y menos aun el cobarde que llama primero al fontanero sin exponer su cocina a un olor un poco sospechoso de producto raro y a un fregadero guapo guapo, la vida es para los valientes. Mujeres del mundo, no saben lo que se pierden (un completo inútil, pero imito muy bien a Milhouse).

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