Nunca existió. Como los Reyes Magos, Jesucristo o los billetes de 500€. Te han hablado de ella como algo noble en lo que siempre deberás creer. Las palabras te pueden alegrar, te pueden herir y si tu amor propio es algo que desconoces, te pueden matar. Sin embargo, la validez de las palabras es nula.
Siempre suena pesimista, pero no, esta vez suena sincero. Las palabras jamás tendrán valor alguno, es aquello que decimos para agradar o para dañar, son y serán siempre nuestros actos y decisiones aquellas que representen nuestra forma de ser. Fijaos si las palabras son falsas. Podrás decir que no quieres más, pero tendrás hambre. Podrás decir que quieres a una persona, aunque en el fondo prefieras tu zumo tropical marca hacendado (que tu amigo Carlos te dirá, enfadado, que no es zumo). Podrás decir muchas cosas, pero posiblemente, sientas otra.
Os pondré un ejemplo. Una persona, llegado el momento, me juró querer. A mi, yo sin sentirlo, ya ves. Al cabo de un tiempo, esa persona desapareció de mi vida para seguir con la suya. En ese tiempo, jamás llegué a sentirlo, y mucho menos, decirlo. Entendí pues que, aquellas personas que de verdad me quieren, se lo han callado todo este tiempo. Jamás he necesitado escucharlo para saber que estarán ahí. No será (por suerte) un querer como el de esa chica, y es que las personas que me quieren simplemente se preocupan por mi, y dejan que yo me preocupe por ellos. Son aquellas que, sin palabras, estuvieron a mi lado en todos aquellos momentos en los que yo necesité algo que, en silencio, me demostrase más que todas aquellas palabras que alguien pudiese pronunciar.
Por eso no te extrañes si nunca te juro con palabras. Extrañé a mi padre cuando se fue sin decirle cuánto le quería, pero estando a cada minuto de mi vida a su lado. No pasa un día en el que no hable con mi madre, simplemente, para saber que el día fue idéntico al de ayer. Vivo por y para saber que mi abuela disfruta de su tiempo con nosotros, y que pueda presumir de tener unos nietos que la tienen en un altar, pese a no ir afeitados siempre. Y por último, intento demostrar cada día a la gente más cercana a mi, a mi familia, que cuando tengan un mal día, cuenten conmigo tanto como yo he contado con ellos.
Todo esto, lo último, no lo diré jamás con palabras. Jamás le diré a mi madre que la quiero, pensará que algo malo hice. Jamás se lo diré a mi abuela, "cuánto me quieres, ay" dice. Mucho menos, se lo diré a ellos, pensarán que me volví loco. Y quizás, jamás te lo diga a ti. No es nada personal, es que a todas aquellas personas que no se lo digo, las quiero cerca de mi, por mi camino. Quisiera decírtelo, de verdad, pero por mi salud espero que jamás me lo digas, no me pongas en ese compromiso. Si de verdad me quieres, me queda mucha vida por andar, vente, pero no digas nada. No quiero escuchar, ni de ti ni de nadie, nada más. Nunca tuve que hacerlo, no lo haré jamás.
Suena bastante deprimente, pero qué va. Hablo de querer a las personas cercanas de la única forma que sé, estando a su lado. Además, os he mencionado el zumo de hacendado, dadle una oportunidad porque es auténtica calidad. No es como mis macarrones nostálgicos, aquellos que no llevan queso, pero para estas horas siempre sabe bueno (el zumo, los macarrones ahora es de auténtico acabado).
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