Cuando empecé a convertirme en un viajante habitual siempre iba conmigo, cada semana tenía algo diferente pero siempre conservaba el toque que le hacía mía, única. Tenía sus momentos... algunos tan alegres, y otros que te traían recuerdos que preferirías olvidar pero que por algún motivo volvían a mi, en ocasiones conseguía lograr algo extraño, que no tuviera ganas de llegar a mi destino, que aquel viaje se hiciera eterno.
Al llegar al final del trayecto se perdía entre el ruido de la gente, me dejaba solo durante el resto del día, hasta que al anochecer y llegar a mi hotel de nuevo volvía conmigo y me ayudaba a recorrer el resto del camino, donde dejaba de oír ruidos, voces y cualquier otro sonido para solo escuchar lo que yo quería. Me tumbaba en la cama con ella a mi lado, relax, una ciudad que se apagaba y buena compañía a mi lado, la mejor manera de cerrar un día en una ciudad que no me pertenecía.
Cuando amanecía me daba cuenta de que me dormí con ella, otra vez... ni me acordaba ya. La abandonaba por un rato mientras organizaba mi día, para ducharme con ella y despedirla, hasta la noche que ya vendrá, repetimos la rutina, y quien sabe si mañana volverá a ser igual. Me hacía sentirme menos solo, más cerca de mi casa o simplemente, me hacía sentir.
Es mi música, y lo seguirá siendo.
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